EL LEÓN Y LA HORMIGA

Érase una vez un león y una hormiga.

Cuando eran pequeños se hicieron amigos y jugueteaban por las praderas del Serengueti todo el día.

La hormiga se escondía por los agujeros que se generaban en el árido suelo y el león escavaba con ímpetu para ver si la encontraba.

Siempre ganaba la hormiga, era muy buena escondiéndose.

Los días pasaban y el leoncito se convirtió en un adulto solitario, grande, fuerte e independiente.

La hormiga apenas aumentó su tamaño, pero alrededor de ella se formó una comunidad que colaboraba entre sí. Cada una tenía un papel en su pequeña sociedad y todas eran necesarias y útiles.

El león y la hormiga dejaron de verse ya que cada uno escogió su camino y tenían sus propias responsabilidades que resultaron ser incompatibles.

El león se separó de su manada, como mandaba la tradición, y se fue a descubrir nuevos territorios alejado de los suyos. Para el león era un momento maravilloso de emancipación y descubrimiento. Su fortaleza, seguridad en sí mismo y autosuficiencia lo hacían sentirse invencible.

La hormiga, por su lado, formaba parte de una comunidad muy estructurada y sabía perfectamente cual era su cometido. Día tras día ayudaba a sus compañeros a recolectar comida y sus horarios eran muy estrictos. A veces pensaba que su vida era muy aburrida.

La cigarra, chismosa donde las haya, contaba siempre a la hormiga las aventuras del león. Qué cazaba, cómo disfrutaba cortejando a otras hembras aquí y allá y los fantásticos lugares que visitaba.

La hormiga cada vez sentía más envidia de la vida de su amigo de la infancia. Ella también quería ser independiente y autónoma. Las otras hormigas eran muy aburridas y sólo sabían colaborar para un bien común, pero ella deseaba que sus logros fueran solamente para sí.

Una noche, la hormiga no podía dormir y decidió marcharse al amanecer para poder ser libre.

Al poco rato de alejarse de su hogar, la hormiga se encontró con el león. El pobre estaba muy mal herido y no podía levantarse del suelo.

La hormiga le preguntó que es lo que le había pasado y le explicó que un día después de recorrer largas distancias, llegó a la orilla de un río. Estaba sediento, así que se dispuso a beber de aquella agua que tanto le había costado encontrar. De repente un cocodrilo enorme apareció justo delante de él y abrió sus fauces para comérselo de un mordisco. Lucharon durante largo rato y al final el cocodrilo retrocedió y desapareció entre las turbias aguas del río.

La hormiga, preocupada por su amigo, no sabía como ayudarle. Empezó a ponerse nerviosa por qué sabía que no podía dejarlo allí por si el cocodrilo volvía. Pero ella era demasiado pequeña para echarle una mano.

La cigarra, que había seguido a la hormiga hasta allí, se dio cuenta de lo sucedido y fue a avisar al resto de sus compañeras.

Cuando la pequeña hormiga estaba más desesperada y el león a punto de desfallecer, apareció por el horizonte un ejercito de centenares de miles de hormigas que avanzaba hacia ellos.

Cuando llegaron, unas cuantas empezaron a aplicar hojas con un ungüento curativo en las heridas del león mientras que unos centenares más lo subieron a una plataforma fabricada con troncos que ellas mismas transportaban.

Así pudieron alejar al león malherido de la guarida de cocodrilos que habitaba en el río.

El león, después de haberse repuesto, agradeció a la comunidad de hormigas que le salvaran la vida y se marchó de nuevo en busca de otras zonas para cazar y reproducirse.

La hormiga, en cambio, olvidó su deseo de ser libre e independiente y esa noche durmió profundamente. Sabía que sus compañeras darían la vida por ella y que todas juntas eran más poderosas que un sólo león.

Fuente: optimistablog.wordpress.com/

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